"(...) Si muero a manos de mis hermanos los campesinos rusos,
nada habréis de temer, y vuestro linaje reinará por cuatrocientos años.
Pero si son vuestros parientes ricos quienes procuran mi muerte,
ni vosotros ni ninguno de vuestros cinco hijos me sobrevivirá más de dos años (...)"
Carta de Rasputín a Nicolás II
Nacer a principios de los 80 me convirtió en hija (culturalmente hablando) de la España negra más profunda. Ésa en la que la muerte entraba varias veces a la semana en nuestra casa de la mano de ETA, que mataba cada tres días y medio en sus años más duros; áquella en la que la cadena pública dedicaba su prime-time a la búsqueda de personas desaparecidas y era líder de audiencia todas las semanas durante los seis años que el programa estuvo en antena, a pesar de que por entonces ya existían las cadenas privadas; la que convirtió en una gran de partida de Cluedo el asesinato de los Marqueses de Urquijo e hizo de la matanza de Puerto Hurraco la versión patria de los asesinatos de Cielo Drive.
Todo esto cristalizó en un caldo de cultivo quizá un poco macabro pero sin duda inspirador para los que teníamos en nuestra fantasía a la mejor compañera de juegos.
En este contexto, el episodio del asesinato de los últimos zares de Rusia y de sus cinco hijos me fascinó desde que lo conocí. Contenía todos los ingredientes necesarios para convertirse en la historia favorita de la pequeña escritora en ciernes que nunca llegaría a ser: profecías, asesinatos, plebeyas que reclaman identidades principescas...
Tenia 10 años cuando exhumaron los cadáveres de la familia imperial rusa y recuerdo acercarme a los dominicales de la época en busca de los detalles morbosos que omitían los libros de Historia, mucho más prolijos a la hora de explicar las causas que conllevaron al derrocamiento del régimen zarista o las luchas de poder entre bolcheviques y mencheviques, que sinceramente no me interesaban lo más mínimo.
Así, después de leer un par de reseñas sobre su última novela, me decidí a darle a Carmen Posadas (Montevideo, 1953) la oportunidad que sus anteriores obras no me habían animado a concederle.
El testigo Invisible (Planeta. 2013) narra la historia de Leonid, quien sabiéndose en el final de sus días decide desvelar el secreto que lleva toda la vida guardando y que no es otro que haber sido el único superviviente de la matanza de la familia Romanov y de sus criados más cercanos la noche del 17 de julio de 1918.
De este modo, y a través de los recuerdos y vivencias de Leonid, primero como deshollinador en el palacio imperial y luego como pinche de cocina de la familia Romanov, nos adentramos en los últimos años del Zar Nicolás II, su mujer la Zarina Alejandra y sus cinco hijos. De este modo somos testigos de aspectos de su vida privada, como el amor incondicional que se profesaba el matrimonio, las aspiraciones románticas de las duquesitas, las limitaciones del heredero al trono por la hemofilia que padecía o cómo un personaje de dudosa respetabilidad como Rasputín pudo ganarse la confianza de la zarina y convertirse en su único confidente y asesor, hasta llegar a presenciar el mismo momento en que el pelotón de fusilamiento abre fuego sobre ellos en un sótano de Ekaterimburgo.
Carmen Posadas demuestra un conocimiento exhaustivo no solo de uno de los periodos más convulsos de la historia rusa contemporánea, sino de los lugares en los que transcurre la novela. La ambientación es tan cuidada que me ha permitido pasear por las desabastecidas calles de Petrogrado de la mano de Leonid, asistir desde una de las gélidas orillas del Neva al momento en el que los asesinos de Rasputín se deshacían de su cadáver tiràndolo al rio, unirme a las hordas ciudadanas en busca de alimento por los depósitos de trigo de San Petersburgo, acompañar al ciudadano Romanov y a sus hijas durante sus paseos por el jardin de la residencia de Tobolsk en la que cumplieron su forzado exilio, o detenerme a curiosear frente a la casa Ipatiev junto al resto de vecinos de Ekaterimburgo.
Lo único que destacaría negativamente, o al menos menos positivamente, serían los capítulos escritos en presente por el Leonid anciano, porque sinceramente, salvo el episodio del documental de la BBC, creo que no aportan nada a la historia.
Y finalmente una duda que me atormenta desde que terminé de leer esta novela: ¿Por qué la autora no ha sacado más partido al hecho de que Leonid conservara el diario personal de una de las grandes duquesas? Creo que haber intercalado fragmentos de ese diario sin duda hubiera dado mucho juego a la hora de profundizar en la vida familiar y privada de los Romanov y no puedo entender cómo la escritora ha descartado un recurso tan efectista.
Sin embargo, como hay más elementos positivos que negativos, y sobre todo por tratarse de un libro apasionante sin restar un ápice de rigor histórico a la historia, mi valoración de esta novela es de notable.
Todo esto cristalizó en un caldo de cultivo quizá un poco macabro pero sin duda inspirador para los que teníamos en nuestra fantasía a la mejor compañera de juegos.
En este contexto, el episodio del asesinato de los últimos zares de Rusia y de sus cinco hijos me fascinó desde que lo conocí. Contenía todos los ingredientes necesarios para convertirse en la historia favorita de la pequeña escritora en ciernes que nunca llegaría a ser: profecías, asesinatos, plebeyas que reclaman identidades principescas...
Tenia 10 años cuando exhumaron los cadáveres de la familia imperial rusa y recuerdo acercarme a los dominicales de la época en busca de los detalles morbosos que omitían los libros de Historia, mucho más prolijos a la hora de explicar las causas que conllevaron al derrocamiento del régimen zarista o las luchas de poder entre bolcheviques y mencheviques, que sinceramente no me interesaban lo más mínimo.
Así, después de leer un par de reseñas sobre su última novela, me decidí a darle a Carmen Posadas (Montevideo, 1953) la oportunidad que sus anteriores obras no me habían animado a concederle.
El testigo Invisible (Planeta. 2013) narra la historia de Leonid, quien sabiéndose en el final de sus días decide desvelar el secreto que lleva toda la vida guardando y que no es otro que haber sido el único superviviente de la matanza de la familia Romanov y de sus criados más cercanos la noche del 17 de julio de 1918.
De este modo, y a través de los recuerdos y vivencias de Leonid, primero como deshollinador en el palacio imperial y luego como pinche de cocina de la familia Romanov, nos adentramos en los últimos años del Zar Nicolás II, su mujer la Zarina Alejandra y sus cinco hijos. De este modo somos testigos de aspectos de su vida privada, como el amor incondicional que se profesaba el matrimonio, las aspiraciones románticas de las duquesitas, las limitaciones del heredero al trono por la hemofilia que padecía o cómo un personaje de dudosa respetabilidad como Rasputín pudo ganarse la confianza de la zarina y convertirse en su único confidente y asesor, hasta llegar a presenciar el mismo momento en que el pelotón de fusilamiento abre fuego sobre ellos en un sótano de Ekaterimburgo.
Carmen Posadas demuestra un conocimiento exhaustivo no solo de uno de los periodos más convulsos de la historia rusa contemporánea, sino de los lugares en los que transcurre la novela. La ambientación es tan cuidada que me ha permitido pasear por las desabastecidas calles de Petrogrado de la mano de Leonid, asistir desde una de las gélidas orillas del Neva al momento en el que los asesinos de Rasputín se deshacían de su cadáver tiràndolo al rio, unirme a las hordas ciudadanas en busca de alimento por los depósitos de trigo de San Petersburgo, acompañar al ciudadano Romanov y a sus hijas durante sus paseos por el jardin de la residencia de Tobolsk en la que cumplieron su forzado exilio, o detenerme a curiosear frente a la casa Ipatiev junto al resto de vecinos de Ekaterimburgo.
Lo único que destacaría negativamente, o al menos menos positivamente, serían los capítulos escritos en presente por el Leonid anciano, porque sinceramente, salvo el episodio del documental de la BBC, creo que no aportan nada a la historia.
Y finalmente una duda que me atormenta desde que terminé de leer esta novela: ¿Por qué la autora no ha sacado más partido al hecho de que Leonid conservara el diario personal de una de las grandes duquesas? Creo que haber intercalado fragmentos de ese diario sin duda hubiera dado mucho juego a la hora de profundizar en la vida familiar y privada de los Romanov y no puedo entender cómo la escritora ha descartado un recurso tan efectista.
Sin embargo, como hay más elementos positivos que negativos, y sobre todo por tratarse de un libro apasionante sin restar un ápice de rigor histórico a la historia, mi valoración de esta novela es de notable.

Pues has logrado animarme a leer este libro. Tiene buena pinta. Te lo cogeré prestado ;-))
ResponderEliminarCuando gustes es todo tuyo!!! ;-)
EliminarYa sabes que a mí me gustó muchísimo. Aunque estoy de acuerdo contigo en que la parte escrita en presente sobra. Me da la impresión de que este libro no ha tenido el éxito que se merece...
ResponderEliminarLa verdad es que apenas ha hecho promoción de la novela. Será que las familias reales no están de moda ;-)
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