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jueves, 20 de agosto de 2015

Por qué te quiero

Por enseñarme que no hay nada más divertido que bailar un vals aqui y ahora: En el parking de un centro comercial, en el pasillo de un hospital o en la cola del súper.

Que no hay causa justificada más importante para trasnochar que jugar al corro de la patata. 

Que hacer pompas de jabón es una ciencia exacta.

Por hacerme comprender que en la vida hay que celebrar cada momento.

Que todos los avances, incluso los más pequeños, merecen ser aplaudidos.

Porque ha sido emocionantísimo asistir a tus primeras conquistas pero más emocionante es saber que tienes toda la vida por delante para alcanzar nuevas cimas.

Por decirme tantas cosas sin hablar.

Porque tu sonrisa vale más que mil palabras. 

Por enseñarme mil y una formas de reir. 

Por darle en los morros una y otra vez a todos los que se empeñan en encasillarte detrás de una etiqueta, de un percentil. ¿Aún no se han enterado de que eres Súper Nico?

Por hacerme entender que el tiempo es relativo. ¿Qué es pronto? ¿Para qué es tarde? Y sobre todo, ¿para quién? Si un mago llega cuando quiere, ni antes ni después, imagina un superhéroe.

Porque ni en mis mejores sueños imaginé que fueras tan bueno.

Porque eres la prueba fehaciente de que si deseas algo con todas tus fuerzas se puede hacer realidad.   

Porque llegarás todo lo lejos que te propongas, porque lo que los demás llaman cabezonería no es más que cojones coraje.

Por poder contar con los dedos de una mano los días que he perdido la paciencia (y que haga propósito de enmienda porque me parezcan demasiados).

Por hacer que me despierte con una sonrisa incluso en el peor de mis días.

Porque mirarte mientras duermes se ha convertido en mi pasatiempo favorito.

Y porque aunque diga muchas veces (quizá demasiadas) que más que un niño lo que tengo es una pegatina todo el día encima de mí, en el fondo me encanta que mis brazos sean tu único consuelo, que te refugies contra mi pecho todos los días al despertar de la siesta y que seas capaz de reconocer mis manos con los ojos cerrados.

Gracias por llegar hace dos años para poner mi mundo patas arriba y darle sentido a mi vida enano.


 

(Este mensaje se auto-destruirá justo un segundo antes de que puedas avergonzarte de él) 

lunes, 20 de enero de 2014

Renovarse o morir

Llevaba un tiempo dándole vueltas. Haciendo honor a la verdad, debo decir que la idea tampoco ha sido exclusivamente mía y que en los últimos meses he recibido sugerencias/insinuaciones más o menos directas/presiones de algunos de vosotros ("sois un público maravilloso, de verdad, os lo digo de todo corazón. Sois fantásticos. Unos magníficos ejemplares de vuestra especie" que diría Woody Allen) 

El caso es que, habida cuenta de mi manifiesta incapacidad para mantener el blog tan actualizado como me gustaría (incapacidad de la que ya hablé aqui) y en un último (y desesperado) intento de evitar colgar el cartel de "Cerrado por derribo" (o peor aún, "Cerrado por defunción"), he decidido reconvertirlo en un blog sobre literatura, en el que iré colgando, iba a decir críticas literarias pero no soy ni tan prepotente ni tan capaz. Simplemente mi "molesta opinión" sobre los libros que vaya leyendo, reflexiones que me vayan surgiendo con el pasar de las páginas, sensaciones que me vaya evocando el discurrir de los argumentos.

No sé que os interesará menos, si la opinión que me merecen los libros que caen en mis manos o mis reflexiones personales e intranferibles sobre otras cuestiones igual de poco relevantes pero que se me enredan en el pensamiento y de las que no me puedo desprender hasta que no escribo sobre ellas. Pero es lo que hay. Quiero decir: ya sé que probablemente me reportaría más visitas convertirme en la primera Trendy Blogger de la comarca (Bolsón) de Huete y publicar entradas sobre estilismos, garitos de moda o escapadas de ensueño patrocinadas por el restaurante El Chibuso o la casa rural El Rincón de La Olvido. Pero es que de esos temas no sé y no puedo escribir básicamente porque no me interesan  (bueno, el de las escapadas de ensueño sí, qué coño, así que si a alguien le sobra un billete a cualquier lugar, el que sea, o una estancia en un spa de 5 estrellas o casa en la Toscana, que cuente conmigo).

Pero que tampoco es postureo, eh? No me he levantado esta mañana y me he dicho: "deberías dejar de ser exclusivamente un cuerpo para el pecado y dedicarte a alguna tarea intelectual que combine con tus gafas de pasta verde pistacho". No. Esto viene de cuando iba a clase de la Señorita Puri (3º, 4º y 5º de EGB) y nos hacía escribir fichas de los libros que voluntariamente podíamos coger de la biblioteca de clase. El último día de curso nos devolvía las fichas con sus valoraciones al respecto. En esos últimos momentos de calma nerviosa que precedían a la tempestad de la entrega de las notas, hacíamos porras para ver quién era el que más libros había leído. Se estableció así una rivalidad entre Ge-ge (la china (sí, china de China) empollona de clase con acento andaluz porque su primer destino recién aterrizada en España fue Sevilla y que olía raro (ahora sé que era a dim-sum en salsa de soja, porque sus padres tenían uno de los primeros restaurantes chinos que se abrieron en Majadahonda). Pero esto merecería otra historia) y yo. Cada vez que una ficha aterrizaba en mi mesa, notaba su mirada de odio clavada en mi espalda. Y así hasta que mi mesa quedaba sepultada bajo una montaña de fichas y yo era declarada ganadora por aclamación. Los tres años (China 0- España 3).

El caso: Que si voy a escribir sobre algo mejor que sea de algo que me gusta y que me ocupa varias horas al día, no?

Al mismo tiempo que la idea de escribir sobre literatura (fondo) tomaba forma en mi cabeza, no podía dejar de darle vueltas a la cuestión de la forma: ¿Debía comenzar esta aventura en un nuevo blog, con nombre y apariencia nuevos, o simplemente barrer el polvo de este erial cibernético para acondicionarlo a su nuevo propósito? Muchas vueltas después aún no estoy segura de la respuesta. O mejor dicho, sé lo que debería hacer pero voy a hacer justo lo contrario. Es decir, sé que empezar de cero en otro lado le daría al blog una apariencia seria y profesional que en un momento dado podría reportarme ciertas ventajas. Pero creo que me puede el lado sentimental: Aunque pocos, aqui están todos los textos que he publicado y que en esencia soy yo. No digo yo que alguien que se acerque a este blog buscando una opinión sobre determinado libro tenga por qué querer saber algo más de quien emite esa opinión. Pero a lo mejor sí. Y sobre todo: Elijo seguir aqui porque no descarto que (muy) esporádicamente me pueda la necesidad de escribir sobre alguna de esas cosas que nada tienen que ver con literatura. Y oye, siempre puedo cambiar de opinión y llevarme la música a otro lado.

Así que, en los próximos días iré subiendo las notas que tomé de los libros leídos durante el pasado 2013, para ir haciendo un poco de bulto, y cada libro nuevo que vaya leyendo tendrá su propia entrada en el blog. 

Espero que me acompañeis en esta nueva aventura, que comenteis los posts incluso si habeis leído el libro en cuestión y no coincidís con lo que yo escriba, que me sugiráis títulos, etc.

Así que... por un 2014 plagado de buenas lecturas!

martes, 1 de octubre de 2013

La madre de todos los tópicos

Las mujeres no saben aparcar. Los catalanes son tacaños. Las rubias son tontas. Los gordos son más felices...

Quizá por mi caracter crítico y contestatario (otros dirán polemista y toca-cojones. Llamémosle "X") nunca he sido yo muy amiga de generalizaciones y lugares comunes, y he defendido siempre que son las motivaciones y las circunstancias personales las que rigen el proceder individual de cada quien. Pero si algún tópico ha venido a darme la razón (o a quitármela, según se mire), cayendo sobre mí con el aplastante peso de la propia experiencia, ése es el de que el embarazo es la mejor etapa en la vida de una mujer.

En ningún momento de mi vida me he sentido menos plena, especial, guapa, emocionada, vital y/o realizada que durante estos últimos nueve meses (bueno, ocho justitos para ser exactos). De hecho, me he sentido cuestionada por algunos, ignorada por otros e incomprendida por muchos.

Durante 32 semanas he tenido que aguantar miradas que decían "va de fuerte y de auto-suficiente y luego ni siquiera es capaz de sobrellevar con un mínimo de dignidad las molestias típicas del embarazo". Palabras que camuflaban "no sabe lo que se le viene encima. Ésta se ha pensado que tener un hijo es jugar a las muñecas". Silencios que expresaban "¿cómo es posible que se pase el día llorando? Otras darían palmas con las orejas ante el milagro de la vida".

Cuando la madrugada del 20 al 21 de agosto la evidencia científica puso de manifiesto que la espera no estaba siendo ni remótamente dulce, las miradas y silencios siguieron hablando, pero el mensaje cambió: Pasé a ser "la que viene con problemas".

Mientras la camilla recorría el pasillo de la cuarta planta, notaba los dos, a veces tres, pares de ojos por habitación clavados en mi atípico perfil de parturienta con la tranquilidad de sus inmensas barrigas a término. Al pasar por delante de la habitación en la que me aislaron, mientras intentaban acelerar el ritmo de su dilatación paseando del brazo de su pareja, se daban codazos y agachaban respetuosamente la cabeza con la satisfacción del trabajo bien hecho. Entre contracción y contracción me dedicaban miradas de condolencia a distancia como las que se destinan a los familiares de alguien que ha muerto cuando no toca y a los que no se sabe qué decir.

Durante esas 36 horas yo me limité a respirar dejando el miedo a los demás. No sé si por inconsciencia, por no tener capacidad ni voluntad de entender el delicado punto en el que nos encontrábamos, o por mis santos cojones, porque no había pasado yo ocho meses arrastrándome por el suelo para rendirme en la misma línea de meta. Pero en ningún momento contemplé varios escenarios posibles. Para mí no había alternativas.

Y si durante 32 semanas cualquier parecido con un embarazo saludable y feliz fue pura (y momentánea) coincidencia, lo que ocurrió después también dista mucho de todo lo que había leído, visto u oído durante ese tiempo acerca de partos humanizados en los que, después de dar a luz en una habitación aromatizada con esencia de rosa damascena, lavanda, laurel y manzanilla romana (si es de Nápoles ya no vale, aunque sea de las afueras) para favorecer un parto armonioso, tu pareja corta el cordón umbilical del recién nacido antes de ponerlo sobre tu pecho y esperar a que el niño empiece a mamar mientras ambos llorais de felicidad al tiempo que os decís mutuamente "ya eres mamá / ya eres papá".

A mi marido no le dejaron estar conmigo en el quirófano durante la cesárea (el equipo médico decidió que "la de los problemas" no aguantaría un parto natural). No sólo no me pusieron encima al bebé nada más nacer, sino que no le ví hasta 3 días después (bueno, el padre me enseñó una foto del niño la primera noche de las dos que pasé en reanimación). La primera vez que le ví no me embriagó la emoción de encontrarme frente al amor de mi vida (lo único que pensé es que parecía una copia en miniatura de Benjamin Button). La leche no me subió por lo que no he podido sentir esa "corriente de amor que fluye entre la mamá y su hijo en el momento de darle el pecho y que hará que el niño siempre reconozca y prefiera la cara de su mamá a la de cualquier otra persona" (juro que esta gilipollez está copiada literalmente de un libro destinado a convertir a las mujeres en supermamás (claro que pa qué leeré yo ciertas chorradas) y estoy esperando a que mi hijo aprenda a hablar para que me diga a cuál de las 28 enfermeras que le han dado el biberón en alguna de las 8 tomas durante este mes y pico recuerda y prefiere para invitarla a cenar el Día de Acción de Gracias).

Así que casi mes y medio después, cuando otras madres ya han aprendido a reconocer los diferentes tipos de llantos de su bebé, saben dónde le gusta qué le acaricien o simplemente pueden contestar con tranquilidad a la pregunta de si duerme bien por las noches o no, yo me encuentro en la casilla de salida, con todos los nervios, dudas y miedos de una madre primeriza que acaba de acostar a su hijo en su cuna por primera vez.

Me quedan muchas cosas por aprender en este camino e intentaré aceptar los consejos con el mejor talante posible (tampoco prometo nada, las cosas como son). Pero que nadie venga a darme lecciones de nada. Que este niño ya ha demostrado que con él no valen manuales de ningún tipo. Y porque este niño, solo con nacer, ya ha roto, él solito, la maldición.

martes, 16 de octubre de 2012

Al principio era el verbo

Dos frases no hacen un plagio. Así contestaba Enrique Bunbury a los que le acusaban de plagiar ciertos versos del poeta Pedro Casariego en su disco ‘Hellville de Luxe’ publicado en 2008. Ante la polémica (las malas lenguas afirman que no fue más que una hábil estrategia promocional) y las numerosas voces que se alzaron para denunciar su recurrente tradición a utilizar frases de otros a lo largo de su discografía, el artista maño emitió un comunicado del que yo recupero para lo que aquí nos ocupa el siguiente fragmento (pero que si te interesa puedes leer íntegramente aquí):

"No voy a negar que haya utilizado dos frases de Casariego (grandísimo poeta, por cierto) extraídas de dos poemarios. Igual que utilizo mi libreta para apuntar comentarios realizados a altas horas de la noche, frases de Humphrey Bogart en películas de cine negro, extractos de la sección de sucesos, titulares simpáticos de periódicos económicos, conversaciones privadas o panfletos publicitarios. A lo largo de la historia de la música popular, grandes y desconocidos escritores de canciones han realizado prácticas similares recogiendo frases de canciones tradicionales y realizando nuevas y muy diferentes creaciones. (…) Artistas como (y me parece mal citarlos, pero hay libros enteros dedicados a señalar de dónde vienen sus mejores canciones) Dylan, Cohen, Lennon, Van Morrison, han utilizado libros sagrados como la Biblia, la Kábala, el I Ching, el Tao Te king, o a poetas incuestionables como T.S. Elliot, Dylan Thomas, Edgar Allan Poe, Shakespeare..., o la prensa diaria para contarnos sus inquietudes y crear sus canciones”.

No vuelvo hoy al blog, tropecientos meses después, para defender a Bunbury, sino para entonar el mea culpa ante los que crean que eso es efectivamente plagio (yo misma a veces discuto conmigo entorno a esa cuestión y no me pongo de acuerdo) ya que es exactamente así como yo funciono.

Probablemente a nadie más que a mí interese esta cuestión. Y más probablemente haya quien hubiera preferido que mi regreso estuviera vinculado a algún tema de candente actualidad (que está el escaparate patrio como p’a elegir), pero (valiente periodista de mierda) resulta que a mí la realidad no me pone. Y eso es lo que vengo a contar.  En realidad este post no es más que, por un lado, una nueva oportunidad de convencerme a mí misma de que los caminos de la inspiración son inescrutables y que no hay nada sonrojante en usar pensamientos de otros como inspiración, y por otro lado, una forma de excusarme, ante mi misma también, como único juez y testigo, por no mantener el blog más vivo en ausencia de palabras que den forma a un planteamiento ante la existencia de una realidad que no (me) ilumina.

Mi remilgada conciencia se sentiría henchida de orgullo (y satisfacción) si fuera capaz de escribir solo mirando a mi alrededor, porque entonces esas ideas resultantes de contemplar, sentir o pensar, fueran brillantes o mediocres, serían solo mías. Pero no es así como sucede. Es al estar leyendo un libro, viendo una película o escuchando una canción cuando ESA combinación concreta de palabras formuladas por otro actúa como catalizador para una idea a la que, en las más de las veces, llevaba tiempo dando vueltas pero a la que no sabía como dar forma. Y es a partir y a través de ESA combinación concreta de palabras y no otra a la que voy encadenando otras que fluyen con relativa sencillez de mi cabeza al papel. Y cuando digo “relativa” quiero decir exactamente eso. No “cierta”. Ni “bastante”. Relativa. Porque de igual modo que son unas palabras concretas las que me sirven no solo de inspiración para empezar a escribir, sino incluso de parte fundamental del escrito al incluirlas dentro de él, son unas palabras concretas, de entre todos los sinónimos existentes, las que sirven para dar sentido a esa idea acerca de la que estoy escribiendo y sin las cuales no daré por terminado el texto. Puedo tener un borrador  a medias durante días, semanas incluso, mientras encuentro el término exacto que, colocado en un lugar determinado del texto, dote de pleno significado a la idea que quiero transmitir.

Estoy hablando de la palabra como herramienta creativa en su acepción más amplia. Una herramienta es un instrumento que me permite realizar una tarea. Pues bien, es la utilización de ciertas palabras, colocadas en un orden concreto, la que me permite capturar en un papel la esencia de lo que quiero decir, como si se tratara de una fotografía inequívoca ante la cual no existe la posibilidad de dudar que somos nosotros y no otros los que salen retratados en la imagen.

El problema de las palabras es que están todas inventadas. Y llevo veintiún siglos de retraso si lo que pretendo es ser la primera en combinarlas, no ya de forma genial, que a tanto no aspira una, sino meramente coherente, mínimamente inteligente (“inteligente” es un buen ejemplo de lo que describía más arriba. Casi dos horas me ha costado sacarla).

Y escribir algo coherente, inteligente y con un mínimo interés con la estrecha de tu conciencia diciéndote a gritos que eres un mediocre por apropiarte de palabras que no solo no te pertenecen sino que ya otro expresó por ti es tremendamente agotador. Así que me voy a la cama.

lunes, 5 de marzo de 2012

Olas en el kilómetro 0

Está enfadado. No contigo. Con el mundo. Pero a ti te gustaría tener el poder suficiente para que nada le tocara. Para que nada llegase hasta él sin haber pasado primero por tu filtro amortiguador. Porque cuando baja de vuestra nube no sabes hasta que punto formas parte del mundo o le sigues perteneciendo a él. Y no saber a dónde perteneces, no estar segura de que esa batalla la quiera librar a tu lado hace que te sientes completamente desorientada. Porque a lo bueno una se acostumbra pronto, demasiado pronto, y ya no recuerdas cómo era vivir antes de que él lo fuera todo para ti, cómo lo hacías antes de que él apareciera, porque ya no sabes dar un paso si no es de su mano. Y ahora estás como perdida sin su sonrisa.

Te duele la garganta de tanto aguantar las lágrimas y empiezas a llorar silenciosamente. Si lloras sin hacer ruido igual no lo nota, igual las lágrimas se quedan como estalactitas transparentes a sus ojos y no se da cuenta. A él no le gusta que llores porque, como tú, a él también le gustaría protegerte a cada paso que das y que nada te afectara, porque es la única persona que ha sabido ver que eres mucho más frágil de lo que pretendes a los ojos de los demás.

 “¿Qué te pasa?” te pregunta. Y tú sólo consigues musitar un forzado y casi inaudible “Nada”.

Te abraza muy fuerte. Te arropa entre sus brazos. Es el mejor abrazo de tu vida, el único abrazo con el que has soñado siempre, incluso antes de que te lo diera. El abrazo con el que luego medirás todos demás los abrazos. El abrazo que dice: no importa lo que pase, conmigo estás a salvo, ahora todo irá bien.

Y ahora lloras sin freno no sabes si por el alivio de saberte suya nuevamente, de volver a tener un sitio al que pertenecer, o por el olor de la colonia en su cuello que no huele como la primera vez que te abrazó pero en la que le sigues reconociendo. 

Y después te besa en la frente y te mira preocupado porque desde el principio no se ha creído que no te pasa nada, y aunque te ha dicho al oído “llora tranquila”, descubres que a él también le cae agua de los ojos mientras se bebe tus lágrimas.

Y tú no puedes parar de llorar porque no sabes cómo explicarle que tienes algo por dentro que te hace daño. Porque no sabes con qué palabras decirle que él no tiene culpa de nada, que la culpa es tuya por no saber cómo hacer para que todo esté como a él le gustaría, cómo fabricar el mundo que él se merece. Por tener tanto miedo a que algún día deje de oírse el mar en pleno centro de Madrid.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Niebla

Yo no sé si será para compensar que con el paso del tiempo estoy cada vez más cegata pero lo cierto es que tengo un sentido del olfato altamente desarrollado, por más que el Deivid se descojone cada vez que le digo que el aire huele a nieve, para tener que acabar dándome la razón en la mayoría de los casos cuando, horas después, empiezan a caer copos del cielo (a este respecto solo añadir que los superpoderes se deben transmitir de generación en generación, porque mi sobrina ha heredado mi gran capacidad olfativa y, al igual que yo le pongo un olor a la nieve, ella identifica el olor del sol y el calor. Así son los genes y así se lo hemos contado).

Y no es que yo sea capaz de saber y/o describir a qué huelen las cosas que no huelen, pero la niebla me huele a tostadas. Rectifico. La niebla hoy me huele a tostadas. Otras veces me ha olido a leña ardiendo, a castañas asadas, a leche humeante... Incluso una vez me olió a zurullo de cerdo, pero en esa ocasión sé que era esa ciudad concreta la que olía a mierda, no la niebla que la envolvía. Así que cuando hoy al subir la persiana he visto que Madrid se había convertido en Mordor Ciudad de Vacaciones (que diría aquella) y me ha venido a la nariz el aroma a pan tostado he pensado que la vecina se estaba pegando un homenaje de buena mañana. Pero el olor a tostadas me ha perseguido. Olía a tostadas dentro y fuera de casa. En el autobus y en el metro. En Alcorcón y en San Sebastián de los Reyes.

No tiene mayor importancia que el hecho de que ese olor me ha retrotraído a algún lugar conocido pero indeterminado. Como la magdalena de Proust pero al contrario. Quiero decir que al escritor francés el sabor de una magdalena le hizo revivir un episodio concreto de su infacia, y yo he sido incapaz durante todo el día de saber a dónde quería llevarme ese olor. Quizá a ningún sitio importante, simplemente a "dar una vuelta por ahí" pero yo me siento más segura cuando las cosas están definidas, delimitadas, definidas. No soy partidaria de la improvisación por ser terreno desconocido, y me siento mejor simplemente dando nombre a las cosas.
Hoy de cena croquetas. A lo mejor no. A lo mejor en el último momento cambio de idea y me hago un cola-cao, pero la certeza de que voy a cenar croquetas es lo que me posibilita el cambio al cola-cao. Por contra, ya pensaré que voy a cenar sobre la marcha, me bloquea hasta el punto de que probablemente al final no coma nada. No sé si me explico (ya sé que no. Es pregunta retórica).

Yo siempre he sido de hablar alto (sobre todo alto) y claro. Crudito. Meridiano. Quizá porque así me siento en terreno seguro. Y porque una cosa son los adjetivos y otra muy distinta los eufemismos. Sin embargo, cuando hoy Gema me ha dicho que es importante llamar a las cosas por su nombre no me he sentido en absoluto victoriosa. Porque conjugar ciertos verbos en primera persona cuesta un mundo y me he ido de allí destruida por segunda vez.

Y hablando de llamar a las cosas por su nombre, una última reflexión al hilo antes de meterme en la cama: ¿Soy la única que piensa que Soraya Saenz de Santamaría está tirando por la borda los derechos por los que las mujeres lucharon el siglo pasado a cambio de conseguir un ministerio? Definitivamente hay mujeres a los que les debería estar prohibido ser madres

viernes, 21 de octubre de 2011

Perdonen mi escepticismo

Me siento a escribir este segundo post ante la trascendencia informativa del comunicado de ETA de ayer, aunque no es el hecho informativo en sí, sino las reacciones que el mismo ha suscitado las que me impiden mantenerme al margen de la noticia.

“El fin del terror”. “ETA admite su final”.“Un día para la esperanza”. “ETA claudica”. “Por fin”. Son algunos de los títulares con los que los periódicos españoles han salido hoy a la calle.

Y los líderes de los principales partidos políticos se han referido a la noticia con expresiones tales como “el Estado de Derecho triunfa definitivamente y sin condiciones”,  "es una gran noticia porque se ha producido sin ningún tipo de concesión política”.  “estamos ante una decisión histórica” y “hoy es un día para celebrar la gran victoria de la democracia”. 

Sin embargo, lejos de poner a enfriar una botella de champán (como se ha hecho en mi casa cada vez que ha habido algo que celebrar) o de sentirme feliz, o tan siquiera minimamente expectante o ilusionada ante la noticia, me pregunto dónde han visto nuestros representantes políticos (que no, que no, que no nos representan) el  triunfo del estado de derecho, la decisión histórica, la gran victoria de la democracia y sobre todo la gran noticia sin condiciones políticas.

Vaya por delante mi inexistente empatía con la AVT y (no digamos ya con la Plataforma Voces contra el Terrorismo) como organización o institución (ojo, no con las víctimas como colectivo, que tienen todo mi apoyo y reconocimiento). Y creo que estoy libre de toda sospecha de simpatizar con los derechunos, así que espero que no se me acuse de querer torpedear el proceso de paz en aras de un mayor rédito electoral u otras frases grandilocuentes por el estilo, porque aquí la que suscribe lleva diciendo que ETA está acabada desde el 12 de marzo del 2004: el terrorismo islámico dejó en evidencia los métodos chusqueros de la banda terrorista (de fuera vendrán que bueno te harán), arrebatándole el apoyo popular que mantenía entre algunos sectores de la población.

El problema es que visto el comunicado enviado ayer por la banda, no veo diferencia alguna entre el “cese definitivo de la actividad armada” y el “alto el fuego permanente, de carácter general y verificable” o la “tregua unilateral e indefinida” declarados en anteriores ocasiones. 

Tampoco entiendo por qué el  “llamamiento a los gobiernos de España y Francia para abrir un proceso de diálogo directo que tenga por objetivo la resolución de las consecuencias del conflicto y, así, la superación de la confrontación armada” es diferente a su anterior “compromiso firme con  un proceso de solución definitivo y con el final de la confrontación armada” (lo de no poder apreciar los matices se debe pegar más allá del ámbito cromático…). 

Me gustaría creérmelo, de verdad, y confiar en que nos encontramos en el principio del fin, pero ya me lo creí antes y me dieron gato por liebre, y ahora, convertida en perro viejo veo demasiados gatos encerrados. En ambos bandos (bonito zoológico he montado en un momentito).

Porque efectivamente en este país ha habido dos bandos. Ha habido unos que disparaban y otros  que morían. Pero en su comunicado de ayer no hay una sola referencia a las víctimas. Las voces que hoy se escuchan mayoritariamente hablan de un mensaje insuficiente, de que debemos exigir a los terroristas no solo el cese de su actividad, sino su disolución, la deposición de las armas y el perdón a las víctimas.

Pero, ¿encontrarán las víctimas en el perdón un resarcimiento a sus heridas? Es en este punto en el que yo encuentro los mayores obstáculos, porque la mera presencia del agresor, aunque ya no actúe como tal, su sola presencia actualiza el dolor y representa una amenaza, en forma de recuerdo vívido y doloroso.

¿Podemos exigir a las víctimas que perdonen a los asesinos en aras del éxito del proceso de paz del mismo modo que pedimos a las terroristas que no eludan la responsabilidad contraída con aquellos y con toda la sociedad española? ¿Es la concesión del perdón la responsabilidad que deben asumir las víctimas?  ¿Hay que perdonarlo todo, siempre? ¿No está reconocido el derecho a no perdonar? ¿No es de buenos cristianos, de buenos demócratas, de buenas personas? ¿Es viable, creible, factible y definitivo un escenario de una paz sin perdón?

Yo ni lo pido ni lo concedo, le dije una vez a alguien que en cualquier caso no lo merecía. No merecía lo lapidario de la frase. Sí mi perdón. O al menos eso dicen que dije. Yo creo que la frase es demasiado buena para ser mía, pero sí es cierto que yo soy poco partidaria de pronunciar esas 6 letras y más de que se me demuestre (o muestre) o demostrar (mostrar) yo el arrepentimiento con hechos, que las palabritas ya se sabe.

Hace no mucho, alguien muy sabio y me dijo que hace falta el mismo tiempo que ha durado un problema para superarlo. Si está en lo cierto, y realmente estamos al comienzo de un nuevo escenario, tenemos por delante más de 50 años de andar descalzos sobre cristales rotos. Avanzar será doloroso. Quedarse quieto o desandar lo andado también lo serán. 


miércoles, 21 de septiembre de 2011

De memorias dormidas



Hoy he (re)descubierto el placer de pasear por el Madrid de las hueverías, las tahonas y las lecherías. De caminar por las calles de ese Madrid que no es capital del trafico, el ruido y las prisas. De perderme por los rincones de ese Madrid con apariencia de pueblo, color sepia y olor añejo en el que el tiempo parece haberse detenido.
Pero no estamos aquí (reunidos) para hablar de eso.
Hoy me siento frente al papel en blanco porque mis lágrimas pugnan por salir descontroladas de mis ojos y las palabras se me han quedado atravesadas en la garganta. Y como, a pesar de mis serias dudas acerca de la estabilidad de mi salud mental en las últimas semanas, hoy me he levantado bien (todo lo bien que una puede despertarse cuando el reloj suena a las 6.30 de la mañana y todo está oscuro y hace frio) y no ha ocurrido nada digno de mención (para bien y para mal) en lo que va de día, estoy convencida de que mis rabiosas ganas de llorar tienen que ver con dos noticias que he leído en mi repaso matutino a la prensa.
Por un lado, hoy se celebra el Día Mundial del Alzheimer, un mal que me atemoriza y obsesiona hasta límites patológicos (y nada razonables teniendo en cuenta que si bien nadie está a salvo, en ninguna de las ramas de la familia se ha producido ningún caso por el momento), porque creo que es terrible que una enfermedad te despoje de tus recuerdos, ya que eso implica irremediablemente dejar de ser quien somos en realidad y nos deja completamente desvalidos (aunque creo que la intención de David Fincher no es tratar el tema de la enfermedad ni siquiera transversalmente, en mi opinión, la película “El curioso caso de Benjamin Button” es un magnífico reflejo de lo que significa padecer Alzheimer: Morir sin recuerdos de experiencias vividas y completamente imposibilitados para realizar cualquier acto, por cotidiano y nimio que sea, sin la ayuda de alguien).
En mi caso, el miedo a la enfermedad no es un miedo personal, intransferible y egoísta a sufrirla en primera persona. A olvidarme de las cosas que me gustan. A no recordar las que me hacen sufrir. Al menos no exclusivamente. El mismo temor paralizante me produce pensar que los que me rodean puedan verse afectados por la desmemoria, porque si tú no te acuerdas de las cosas que hemos vivido juntos, en el fondo yo también muero un poco, porque las cosas solo son, o al menos solo cobran su debida importancia, cuando son compartidas.
Por eso me ahogo al leer que hay 36 millones de personas sin recuerdos en el mundo, que más de medio millón de españoles no saben quién es la persona que comparte su cama o que les llama “mamá”, y al ver cosas como éstas.
Por otro lado, hoy se presenta la película “La voz dormida”, tercera cinta de Benito Zambrano basada en la novela homónima de Dulce Chacón (Alfaguara. 2002), un libro magistral, rotundo y demoledor que habla del sufrimiento, las torturas y las humillaciones que padecieron las mujeres que perdieron la guerra. Un libro que golpea en lo más hondo de la conciencia, que arranca lágrimas de impotencia página tras página, que deja un sabor agrio en cada una de sus líneas  y al que regreso frecuentemente por el placer macabro y masoquista de que su lectura me desgarre el alma una vez más.


Y hoy me ha dado por pensar que, si a Hortensia no la hubieran fusilado un mes después de dar a luz a su hija, hoy quizá no recordaría los ideales que la llevaron a la cárcel de Ventas, ni los llantos y las risas (que también las hubo) junto a sus compañeras de prisión, ni el miedo reflejado en los ojos de Pepita cuando le permitían comunicar con su hermana, ni los besos que Felipe le mandaba en sus cartas y que nunca pudo darle.
Y no sé que me da más pena. Si vivir con la memoria doliente y dolorosa del ausente o con la desmemoria viviente de quien no está más que de cuerpo presente.