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jueves, 3 de enero de 2019

Contundentes fracasos y algún éxito inesperado del 2018


Aunque mejor que el anterior, el año que acabamos de despedir no ha sido un gran año. Es más, en general 2018 ha sido un año bastante mediocre, en lo que a los libros que han pasado por mis manos se refiere (aunque no exclusivamente), que sólo a partir del verano ha traído consigo alguna sorpresa (no sólo en lo literario y no todas agradables. Pero bueno, ya nos hemos retratado tod@s. Así que, aunque sea momentáneamente, vamos a tratar de poner el foco en lo positivo, ya que aunque ha sido menor en cantidad, no puedo negar que este año me ha tocado El Gordo). El caso es que la apatía que me ha invadido durante largos meses y el escaso tiempo disponible se aliaron para desatender el blog más de la cuenta, así que, mientras el resto de los mortales hace sus listas de buenos propósitos para los próximos meses (que acabarán abandonando en las próximas horas), yo me dispongo a hacer balance de las novelas que se disputan el farolillo rojo en mi particular clasificación lectora y a coronar a la que ha sido mi mejor lectura de los últimos 365 días.

En mi declaración de principios de lo que pretendía ser La Salita (allá por 2014) ya dejé por escrito que esto no era, ni pretendía ser, un blog de reseñas literarias, fundamentalmente porque yo soy la primera a la que le aburren mortalmente las sesudas y versadas críticas de los Carlos Boyero de turno (Señor Boyero: si por alguna extraña confluencia planetaria algún día llega usted hasta aquí, no se lo tome como algo personal). Así que, antes de desvelar los títulos con los que más he disfrutado y aquellos que más me han aburrido a lo largo de este año que acaba de terminar, me gustaría recordar por enésima vez que siempre he defendido que lo que cada libro provoca y sugiere va intrínsecamente ligado al momento personal y las vivencias de cada lector, y que, por tanto, las opiniones y reflexiones que aquí escribo son completamente personales e intransferibles y no aspiran a adoctrinar ni convencer a nadie de nada, salvo de que leais, coño.

Dicho esto, voy ya con el balance de mis lecturas del 2018 y lo empiezo por aquellas que menos me han gustado, hasta el punto de que he sufrido para acabar alguna de ellas, y que tienen todas un común denominador (que nadie tire una piedra hasta que toque el pito): son todas novelas escritas por autores de prestigio, en el sentido canónico de la expresión, que gozan del respeto de la crítica y el respaldo del público. Comenzamos (commence):

Corazón tan blanco (Anagrama.1992)
Pocos individuos me provocan más pereza que el articulista Javier Marías (Madrid, 1951), otro espécimen de la raza "soplapollas insoportabilis" a la que también pertenece el mencionado Carlos Boyero (¿ves como no era nada personal?). Sin embargo, incomprensiblemente para mí, de un tiempo a esta parte (sobre todo desde la publicación de 'Los Enamoramientos', y posteriormente de 'Así empieza lo malo' y por último con la llegada de 'Berta Isla') sus novelas me generan una poderosa curiosidad, como si quisiera convencerme de que el Marías escritor poco tiene que ver con el columnista insufrible que se dedica a alumbrar al vulgo con la luz de su cegadora sabiduría.

Así las cosas, y ante la publicación de una edición conmemorativa por el 25 aniversario del lanzamiento de la que en su momento fue el fenómeno editorial más importante hasta la fecha (con más de 2 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo), me decidí a adentrarme en las páginas de Corazón tan blanco. Y en qué puto momento...

La novela arranca con un suicidio lejano ya en el tiempo (y cuando digo "arranca" me refiero a que eso se nos cuenta en la primera página. No es ningún spoiler) sobre cuya mano ejecutora y las motivaciones que la llevaron a apretar el gatillo parece que va a girar la historia. Pero nada más lejos de la realidad. 

Lo cogí con ganas. Lo juro. Sin prejuicios ni expectativas. Y leí las primeras páginas con avidez. Pero con pocos comienzos más poderosos que éste me he topado que se hayan desinflado más estrepitosamente a partir de la página ¿50? ¿40?

Aunque he entendido (creo) lo que el autor pretende, se me ha hecho tedioso y repetitivo hasta el infinito. Sólo salvo la historia del padre del protagonista con la que nunca pudo haber sido su tía. Así que, lo que hasta ahora era "creciente interés" por la obra literaria de Marías, se ha convertido de un plumazo en "antes prefiero la muerte" que volver a leer algo suyo. Al menos por una temporada. Larga.

Que nadie duerma (Alfaguara. 2018)
Tampoco había tenido ocasión de estrenarme con las historias de Juan José Millás (Valencia, 1946), solo que, al contrario que en el caso precedente, este periodista y escritor no me producía (ni produce, ahora que puedo hablar con conocimiento de causa) aversión. Es solo que sus libros y yo no nos habíamos encontrado en el espacio-tiempo. 

El lanzamiento de su última novela Que nadie duerma me animó a darme la oportunidad de sentarme mano a mano con este autor. Pero quizá debería haber hecho los deberes antes y averiguar a qué se referían cuando hablaban del "regreso del mejor Millás"....

La obra es una novelita corta (poco más de 200 páginas) que se lee fácilmente y que me hecho sonreir varias veces mientras nos cuenta la historia de Lucía, una joven informática que tras quedarse sin trabajo decide probar suerte en el gremio del Taxi (el de toda la vida. No Uber ni Cabify ni moderneces de ésas) y somos testigos de las relaciones que entabla con sus clientes entre carrera y carrera.

Como planteamiento, ninguna pega. Como forma de escribir, bien también. ¡Pero ay amigo! Que yo no sabía que este escritor es conocido por haber creado su propio genero literario en el que cualquier suceso cotidiano es susceptible de desencadenar sucesos fantásticos, como efectivamente así sucede en esta novela. Y por todos es sabido que yo la fantasía en los libros la llevo regular (JKRowlings aparte). Así que, querido Millás, ahora sé que ni tú eras para tanto ni yo era para ti (pero te agradezco enormemente que me hayas dado la excusa perfecta para escuchar 'Nessun Dorma' varias veces al día a todo volumen).

La ciudad de los prodigios (Seix Barral. 1986)
Mira que me jode incluir a Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) en este ranking, porque él me cae especialmente simpático, pero a diferencia de los anteriores, éste no es el primer libro suyo que pasa por mis manos y desafortunadamente debo decir que sus novelas humorísticas no me hacen gracia y sus novelas serias me aburren soberanamente.

Este último caso (el de sus novelas serias que me aburren soberanamente) es el que nos ocupa en La ciudad de los prodigios, una densa historia en la que a través de la vida del pícaro Onofre Bouvila asistimos a la transformación, social y urbana, de la ciudad de Barcelona entre las exposiciones universales que acogió la Ciudad Condal en 1988 y 1925.

De verdad que no me quiero ensañar porque, paradójicamente, disfruto mucho leyendo u oyendo las entrevistas de Mendoza en los medios de comunicación, donde no se corta de decir lo que le place pero evitando siempre la polémica con su sabiduría sencilla, elegante e inapelable, pero en verdad en verdad os digo que, a partir del segundo tercio de la historia, empecé a leer las páginas en diagonal con el único objetivo de quitarme de en medio cuanto antes esta novela, considerada la obra cumbre del escritor catalán y que a mí me ha parecido un tostón importante.


Y para terminar con buen sabor de boca, he dejado lo mejor para el final: Vamos con mi libro favorito de este 2018. Lo bueno que tienen las sorpresas es que no te las esperas ("claro mami, si no no serían sorpresas", diría mi pequeño maestro), pero ¿quién me iba a decir a mí que lo mejor que he leído este año no vendría firmado por un escritor? 

Instrumental: Memorias de música, medicina y locura (Blackie Books. 2015)
Creo que lo más cerca que he estado nunca de poner música clásica en mi vida fue una vez que mi madre se dejó dentro de la mini-cadena de mi cuarto el disco 'Adagio Karajan' y yo no era capaz de entender por qué extraño sortilegio estaba sonando el Adagio de Albinoni en una habitación en la que por aquel entonces atronaba sin descanso el Rock Transgresivo de Extremoduro. Dicho de otro modo: Con casi 40 tacos, y a pesar de haber pasado tres tardes a la semana durante ¿7? ¿8 años? de mi infancia entre tutús y zapatillas de ballet, sigo cantando "quién ha puesto el compact disc de Mozart en la caja azul de las galletas" cuando escucho los primeros acordes del Allegro de la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart. Queda claro pues que, alguien con semejante tara mental (y alguna otra que no viene al caso en este momento), no se acerca al primer libro de James Rhodes (Londres, 1975) por su interés en la música clásica ni porque lo haya escrito el que probablemente sea el mejor pianista del momento. Pero durante unos meses muy concretos del pasado año, en los que parecía haber tocado fondo por motivos que ahora tampoco vienen al caso, no paraba de recibir lo que a mí me parecían señales de que debía leerlo.

Tenía una idea muy vaga de quién era él y de por lo que había pasado, porque conscientemente había elegido no querer saber más. No me interesaba demasiado por no decir absolutamente nada. Pero entre el final de la primavera y el principio del verano pasado se me pusieron por delante el programa que le dedicó Jordi Evole en 'Salvados', una invitación a su concierto en las Noches del Botánico que finalmente decliné (ouch!) creyendo que eso no era para mí, y finalmente, en un extraño devenir de los acontecimientos, mientras esperaba recibir un ejemplar de 'Fariña' cuando el libro de Nacho Carretero estaba aún bajo secuestro judicial, acabaron poniéndome literalmente entre las manos Instrumental y decidí intentar comprender como alguien que ha sufrido brutales abusos sexuales en la infancia que llevaron aparejada la rotura de su columna vertebral y su internamiento en diversos centros psiquiátricos, es ahora una especie de consul vitalicio de Mr. Wonderful.

Me resulta imposible clasificar este libro. ¿Es una autobiografía? Indudablemente sí ya que lo que se nos cuenta en él no dejan de de ser sus recuerdos y vivencias narrados en primera persona. ¿Es un libro de los denominados de auto-ayuda? Así podríamos considerarlo, a pesar de lo denostado del término, puesto que en él explica como la música le salvo la vida y anima a quienes hayan vivido un suceso traumático a utilizar mecanismos similares para salir a flote. Pero Instrumental es mucho más que eso. 

No me avergüenza reconocer que en más de una ocasión tuve que cerrar el libro ante la imposibilidad de seguir leyendo los episodios en las que con total crudeza rememora cómo, tras ser violado por su profesor de gimnasia, ejerció la prostitución entre los 12 y los 18 años o las lesiones y laceraciones que se autoinfligía ya de adulto. Y que cuando me veía preparada para continuar su lectura, he acabado llorando sin contención posible en espacios públicos repletos de gente tales como vagones del metro, del AVE o en mitad de una comida para uno en un restaurante. Pero del mismo modo es justo decir el libro ha arrancado en mí numerosas carcajadas. No tímidas sonrisas. No. Sonoras y liberadoras carcajadas.

Varios meses después de su lectura sigo sin tener muy claro dónde reside el secreto del éxito de este libro descarnado que ha enganchado a millones de lectores en todo el mundo. Pero si tuviera que decir algo apostaría a que la clave reside en el propio Rhodes: cuenta las vivencias más duras de su pasado con la misma inocencia y distancia de los hechos que el alienígena que buscaba a Gurb en la Barcelona olímpica intentaba comprender el modo de vida terrestre. No se tiene ninguna compasión, pero tampoco ninguna vanidad, y sin reírse abiertamente de sí mismo, el auto-retrato que va pintando de sus filias, fobias y manías es tan poco generoso con su propia persona que resulta caricaturesco. Como muestra, un botón:

... Estoy cualificado para escribir esto porque he sobrevivido a ciertas experiencias que quizás otras personas no habrían superado. Y al haber salido vivo de ello (hasta ahora) y, según la editora que le vendió la idea de este proyecto a su jefe, haber logrado "llegar a ser alguien", se me ha brindado la oportunidad de escribir un libro. Lo cual hace que me parta de risa, porque, como veréis a lo largo de las próximas ochenta mil palabras, vivo inmerso en una locura inherente a mi mismo, tengo un concepto de la integridad bastante retorcido, pocas relaciones que valgan la pena, aún menos amigos y, lo digo sin la menor compasión de mi mismo, soy bastante gilipollas...

Qué queréis que os diga. A mí que alguien sea capaz de "decir" semejante sentencia de sí mismo me predispone a "escucharle" con mayor interés si cabe. Así pues, yo he caído absolutamente rendida ante James Rhodes, e Instrumental es, sin lugar a dudas, mi mejor lectura del 2018. Y aunque dicen que no debes contar aquellos deseos que quieres que se cumplan, so pena de que no lo hagan, no quiero terminar sin pedirle al 2019 la oportunidad que dejé pasar el año pasado de asistir a uno de sus conciertos y que sea un año de sorprendentes y apasionantes lecturas para todos. 

¡Feliz año!


jueves, 8 de febrero de 2018

Qué vas a hacer con el resto de tu vida


A veces mi hogar me recordaba a un país en guerra. 
En las guerras también hay momentos felices.
La gente se casa, se enamora. Nacen niños.
Aunque siempre se mantiene un estado de alerta.
En casa vivíamos en un permanente estado de sitio.
Un luto extraño al que ninguno ponía nombre.
Cinco años. Después llegó la guerra.

Había leído por encima algunas reseñas sobre la primera novela de la que en Internet es la autora revelación del año pasado, Laura Ferrero (Barcelona, 1984), así que aún con la sospecha de que se trataba de una historia que me removería por dentro (ya sólo el título encierra una pregunta para a la que en este momento de mi vida no tengo respuesta) y de que quizá no estaba en el mejor momento para afrontar una propuesta semejante, decidí auto-regalármela las pasadas navidades.

'Qué vas a hacer con el resto de tu vida' (Alfaguara. 2017) es la historia de Laura, una editora treintañera que, tras romper con su pareja, decide dejarlo todo atrás y marcharse a Nueva York para intentar dar respuesta a su angustia vital inscribiéndose en un curso sobre el exilio impartido por un hombre que, de alguna manera, parece estar relacionado con la vida que deja atrás y que ella espera que le dé las claves para seguir adelante.

Durante el grueso de la novela la protagonista hace constante mención a "todo aquello", algo de lo que el lector solo intuye que ocurrió no hace mucho tiempo y que aún no ha sido capaz de superar. Además conocemos sus tormentosas relaciones familiares con un padre atormentado, una madre ausente y un hermano con una sensibilidad especial del que es más madre que hermana. De esa pesada mochila es de la que Laura intenta despojarse en la ciudad de los rascacielos, lugar que, como si de El Dorado se tratara, actúa durante la novela como una metáfora de la (infundada) esperanza que los seres humanos solemos poner en los elementos externos a nosotros que están por llegar (todos esos planes que esperan a que llegue la jubilación o a que nos toque el Gordo de Navidad): "perfecta en su lejanía, pero vacía de realidad". En su huida hacia adelante, la protagonista forzará las coordenadas espacio-temporales (aquí y ahora) para acabar descubriendo que no hacía falta poner un océano de por medio para descubrir la verdad.

A pesar de que ya en el arranque un nudo me encogió la garganta que me obligó a leer los cinco primeros capítulos con los ojos al borde del llanto, apenas unas pocas páginas después más esa sensación se desvaneció y confieso que su lectura me ha dejado bastante indiferente.

Aunque se trata de un libro corto (no llega a 300 páginas) que se lee fácil, y de que el estilo literario de la autora no me ha disgustado en absoluto, creo que ésta enrevesa en exceso la historia sin necesidad, haciendo que toda la fuerza del planteamiento quede finalmente en nada.

Sin embargo, se trata de una novela que ha cosechado bastantes buenas críticas en otros blogs literarios, así que quizá sea que, como decía al inicio de esta reseña, no estoy en el momento más idóneo para adentrarme en relatos intimistas de estas características. Así que, a pesar de compartir muchas de las reflexiones sobre la infancia y la familia que salpican la novela, debo suspender y suspendo una historia que podría ser una saga familiar alejada de los convencionalismos del género, pero en la que yo particularmente no he acabado de entrar. 

miércoles, 17 de enero de 2018

Niebla en Tánger


(...) Wilde afirma, y yo estoy de acuerdo, que el arte,
la escritura en este caso, no debe imitar a la vida,
sino la vida al arte la mayoría de las veces.
Wilde decía que en su época se escribía mal porque los escritores mentían muy poco. La mentira en el arte había caído en el oprobio.
Escritores como Zola se aferraban demasiado a la realidad,
hacían realismo sin imaginación y no realidad imaginativa.
Sin embargo, los personajes de Balzac poseían el vivo colorido de los sueños.
El arte, si es verdadero, toma la vida como materia bruta,
la recrea, la inventa, la imagina, la sueña, dice Wilde.
El artista ha de crear la vida, no copiarla (...)

Pocos escenarios hay más evocadores que el Tánger de la primera mitad del siglo XX. Desde María Dueñas ('El tiempo entre costuras'. Temas de hoy. 2009) hasta Arturo Pérez-Reverte ('Eva'. Alfaguara. 2017) son numerosos los escritores que se han dejado inspirar por la atmósfera exótica y cosmopolita de la ciudad durante el protectorado internacional.

La última autora en caer rendida a su influjo es Cristina López Barrio (Madrid, 1970), quien con su propuesta ubicada en la ciudad marroquí ha conseguido convertirse en finalista de la última edición de los Premios Planeta por detrás de la novela de Javier Sierra que finalmente se hizo con el suculento galardón (600.000 euros que lo convierten en uno de los mejor dotados del mundo, sólo por debajo del Nobel de Literatura).

'Niebla en Tánger' (Planeta.2017) narra las historias entrelazadas de dos mujeres en dos momentos históricos distintos con la ciudad de Tánger como punto de unión. La trama que discurre en el presente está protagonizada por Flora, una mujer desencantada con su vida quien, tras la desaparición del hombre con el que ha tenido una aventura, decide emprender su búsqueda guiada tan sólo por el libro que éste ha dejado abandonado en la habitación del hotel en la que han pasado la noche. Es aquí donde nos adentramos en la trama que tiene lugar en el Tánger de los años 40 y 50, refugio de artistas, diplomáticos, espías y contrabandistas, y cuya protagonista es Marina, una mujer muy diferente a la anodina Flora en la que confluyen todas las culturas que convivieron en la ciudad hasta la ocupación marroquí. Con la novela olvidada como punto de partida, Flora viajará hasta Tánger para seguir las pistas que le conduzcan hasta ese misterioso amante que, inexplicablemente, parece ser un personaje salido, literalmente, de las páginas de un libro escrito medio siglo atrás.

A pesar de no ser su primera novela, y de que algunas de sus obras anteriores han tenido una más que aceptable acogida entre el público, confieso que no conocía a López Barrio ni siquiera de oídas antes de convertirse en finalista del Planeta. En las diferentes entrevistas que he podido leer tras el fallo del jurado del certamen literario, la autora ubica 'Niebla en Tánger' dentro del realismo mágico y afirma que el germen de la novela fue la lectura del cuento 'Continuidad en los parques' de Julio Cortázar, a quien pretende rendir homenaje con este ejercicio de metaliteratura.

Sin llegar a alcanzar, en mi opinión, tan elevados fines, reconozco que a mí su propuesta me ha tenido enganchada y entretenida el grueso de la novela y que, aunque no soy capaz de englobarla dentro de ningún género, su manera de contar la historia me ha gustado. Sin embargo es el final lo que falla. Como si una vez armado todo el edificio que sostiene la idea original no hubiera sabido qué hacer con todo eso, obligándola a resolverlo con un desenlace simple y algo flojo que te saca de la novela con cierto sabor agridulce.

Y es que (va por ti Chacón) si bien es cierto que un giro final sorprendente quizá le hubiera restado credibilidad, también lo es que si la autora pretende sacarnos de la realidad y que nos adentremos en una propuesta que por momentos parece tender a la fábula, la leyenda y la fantasía, para dejarnos llevar por el juego de espejos que nos plantea, no puede utilizar la lógica más evidente y aplastante para ponerle punto y final, porque a mí como lectora me descoloca.

Veredicto: Aunque yo estaba dispuesta a darle un notable, finalmente se queda en un aprobado (alto) mi valoración de esta novela que se lee sola durante sus primeras doscientas páginas pero que me ha desencantado en sus últimas cien, y que gustará más a las mujeres que a aquellos hombres que se decidan a adentrarse en sus páginas.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Por encima de la lluvia


- (…) Yo creo que el pasado es un punto de fuga.
Un lugar a donde escapar cuando no quieres estar aquí.
Todo el mundo quiere estar en otra parte, ¿no te parece?
- (…) No todo el mundo necesita huir del presente.
- (…) Siempre estamos huyendo, desengáñate.
La diferencia, lo que nos convierte en viejos, es que nosotros huimos hacia atrás
 y los jóvenes huyen hacia delante.

2017 ha sido el año de mi descubrimiento de Víctor del Árbol (Barcelona, 1968). En realidad fue en algún momento del año pasado cuando llegué hasta él gracias a ‘La víspera de casi todo’ (Destino. 2016), un novelón soberbio que se hizo con el Premio Nadal en 2016 y tras cuya lectura me hice el firme propósito de seguir la pista muy de cerca a este autor, por lo que, a falta de nuevos títulos, durante este año me he leído la mayoría de sus novelas publicadas para caer definitivamente rendida ante su talento y su estilo narrativo.

Si algo caracteriza las historias de Víctor del Árbol es que son desgarradoras, arañando al lector al ponerle frente a lo peor de la condición humana: Venganzas, traiciones, asesinatos, prostitución, abusos, malos tratos… Sus novelas muestran el lado más sórdido de la vida a través de personajes atormentados por experiencias vitales que duelen pero que, tras asomarse al abismo, han decidido no rendirse y librar la batalla, por lo que hay que enfrentarse a ellas con cierto estómago porque su lectura no resulta amable y no se sale de ellas indemne.

Además del variado catálogo de anti-héroes que pueblan sus novelas, el otro punto fuerte de este escritor es su manera de narrar: todas sus historias están escritas como si de muñecas rusas se tratara, con argumentos que encierran absorbentes tramas unas dentro de otras, como si tuviéramos delante piezas de un puzzle que sólo encajarán al finalizar su lectura para ofrecernos una visión panorámica completa. Una manera compleja de presentarnos sus historias que denota un concienzudo trabajo previo por parte del autor para no dejar ningún cabo suelto ni dejar que el lector se pierda, aunque por momentos éste no tenga muy claro a dónde le conducirán todas esas fichas en apariencia independientes dispuestas sobre el tablero.

'Por encima de la lluvia' (Destino. 2017) narra la historia de dos ancianos que se conocen en la residencia en la que voluntariamente han decidido pasar la última etapa de sus vidas. A priori, ambos personajes no pueden ser más opuestos, pero comparten algo que hace que se complementen a la perfección: una pérdida traumática durante su infancia que ha marcado sus respectivas existencias y que ha hecho que cada uno enfrente su vida de manera radicalmente distinta al otro. Helena es una mujer que, tras recibir los más duros varapalos que una persona puede sufrir, se enfrenta a la vida con la osadía temeraria del que ya no tiene nada que perder. Por su parte, Miguel es un hombre en apariencia anodino que no se ha salido nunca del guión establecido y cuya máxima aspiración parece ser pasar desapercibido. Cuando se supone que ya no deben esperar nada más que la inexorable llegada de la muerte, ambos ancianos se embarcan en el último viaje de sus vidas para resolver sus respectivos asuntos pendientes con renovadas ansias de vivir.

Este último título es su novela menos negra, su propuesta menos oscura, su trama menos asfixiante, su historia más optimista, a pesar de que el autor sigue indagando en cuánto dolor es capaz de soportar el ser humano y como cada uno se enfrenta a él, en este caso desde la óptica de la vejez e introduciendo un elemento disruptor en la trama como es la pérdida de memoria de uno de los protagonistas, que me ha resultado tremendamente original ya que no recuerdo haber leído nada donde el alzheimer tenga un lugar principal en la historia.

Ya os digo que si Víctor del Árbol me atrapó con su anterior novela, y disfruté con la lectura de ‘La tristeza del samurai’ y ‘Un millón de gotas’ (sin que ninguna de las dos llegara a deleitarme como ‘La víspera de casi todo’) con su  último título ha terminado por convertirse en uno de mis escritores favoritos. 'Por encima de la lluvia' es sin duda su mejor obra. Un libro que alcanza el notable en mi calificación particular y que se cuela entre lo mejor que he leído este año. 

miércoles, 13 de abril de 2016

Los besos en el pan


Cuando se caía un trozo de pan al suelo, 
los adultos obligaban a los niños a recogerlo 
y a darle un beso antes de devolverlo a la panera, 
tanta hambre habían pasado sus familias 
en aquellos años en los que murieron todas esas personas queridas
 cuyas historias nadie quiso contarles.
Los niños que aprendimos a besar el pan hacemos memoria de nuestra infancia 
y recordamos la herencia de un hambre desconocida ya para nosotros, 
esas tortillas francesas tan asquerosas que hacían nuestras abuelas 
para no desperdiciar el huevo batido que sobraba de rebozar el pescado.
Pero no recordamos la tristeza.
 
Hay quien desconecta pasando las horas muertas haciendo ganchillo o pintando mandalas, quien prefiere salir a correr en un intento de dejar atrás todo lo acontecido durante el dia y quien pone el cerebro en stand-by viendo un capítulo tras otro de cualquier serie que venga del otro lado del Atlántico. Leer es mi vía de escape y por eso tenía sentimientos enfrentados respecto a Los besos en el pan (Tusquets. 2015): Me apetecía mucho volver a tener entre manos algo de esta autora, pero el argumento no me apetecía nada, porque bastante llevamos ya oído, vivido y sufrido en propias carnes la puñetera crisis como para que se cuele también en mis ratitos de evasión. Se lo permito porque viene de la mano Almudena Grandes (Madrid, 1960), pero ya antes de empezarla sabía que no se iba a convertir en una de mis lecturas favoritas.

Los besos en el pan narra la vida de una veintena de personajes durante un año en un barrio cualquiera de Madrid. Se trata de una novela coral en la que la protagonista indiscutible es la crisis económica. Inestabilidad laboral, precariedad, incertidumbre, pérdida de poder adquisitivo, despidos, desahucios van haciendo acto de presencia a lo largo de las poco más de 300 páginas de las que consta el libro. Sin embargo, si bien la autora se ha preocupado de dotar a esta protagonista inmaterial de diferentes caras, a sus personajes les falta el alma y la profundidad a las que nos tiene acostumbrados.

Los vecinos que pueblan el barrio madrileño en el que transcurre la historia son estereotipos más propios de los reportajes sociales de Pedro Simón y el tono afectado de las piezas de Carlos del Amor. Heroes anónimos a cuyas historias mínimas sobre sus infiernos domésticos dan eco los medios de comunicación para que no se nos olvide que no tenemos derecho a quejarnos, que hay quien lo está pasando peor que nosotros pero no se rinden ni esperan un milagro de brazos cruzados, sino que inventan el más difícil todavía en un intento desesperado por resistir la embestida final.

Y es que a pesar de ser una novela sobre personas golpeadas por las consecuencias de la crisis, y aunque en más de una ocasión se me ha escapado una lagrimilla, estamos ante una novela optimista. Demasiado optimista para mi gusto, ya que, en mi opinión, la red de solidaridad que tejen los personajes del libro no existe en la vida real, como si en el fondo el paro o la escasez de recursos económicos les hubiera liberado de una pesada carga permitiéndoles mostrar su mejor cara, su verdadero yo.

Más que la historia en sí, es la reflexión final la que se me atraganta, como si en el fondo, tuviéramos que estar medianamente agradecidos a la crisis por liberarnos de todo lo superfluo y devolvernos a nuestra esencia. Y una mierda. La crisis no nos ha hecho mejores personas. El que ha podido aprovecharse de la situación lo ha hecho sin el más mínimo remordimiento de conciencia. Y desde luego yo no acepto la parte de culpa que se supone que entre todos debemos repartirnos por "vivir por encima de nuestras posibilidades", ni asumo mis 4 largos años engrosando las listas del paro como el justo castigo a pagar por los años en que gocé de una prosperidad no sé si merecida, pero desde luego sí bien ganada. 

Porque si en apenas unos años viajé más de lo que probablemente vuelva a hacer en lo que me queda de vida no fue porque nadie me lo regalara. Si crucé el Bósforo, si me bañé en las cristalinas aguas del mar Caribe y si vi atardecer en lo alto del Empire State, a pesar de mi condición de mileurista, fue porque las maratonianas jornadas de trabajo con las que tenía que cumplir de lunes a viernes (y algunos sábados) no me dejaban apenas tiempo de gastar lo que ganaba. Ni me apunté al gimnasio, ni me compré un coche y me tomé muchas menos cañas de las que por edad me correspondían, ya que lo único que me pedía el cuerpo al salir de trabajar era meterme en la cama.

Asi que, aunque siempre es una delicia leer a Almudena Grandes, sólo puedo darle un aprobado ramplón a su última novela mientras espero impaciente la publicación de la próxima entrega de sus 'Episodios de una Guerra Interminable', el ambicioso ejercicio de memoria y literatura en el que la autora brilla con luz propia.

martes, 11 de noviembre de 2014

Paraíso inhabitado


(...) Entonces sentí un gran deseo de comunicar la paz o la felicidad,
 esa peligrosa palabra que no debe pronunciarse y que de pronto había llegado a mí.
Pero sólo se me ocurrió apretarle la mano. Lo hice una sola vez,
y casi al instante él me devolvió el apretón: y lo hizo dos veces.
Los dos mirábamos hacia el cielo casi blanco, 
y con otro apretón de manos volví a decirle que le quería.
Me respondió de la misma forma.
Creo que nunca, ni antes ni después, he mantenido con nadie una conversación más íntima, más explícita. Ni tan bella. (...)

No recuerdo que mi abuela me contará nunca ningún cuento. Quizá, no lo sé, porque a ella no se los contaron. Sin embargo aún recuerdo sus historias-recuerdos (como diría la protagonista de la novela que nos ocupa) y constantemente me viene a la cabeza sus latiguillo "acuérdate de esto cuando la abuela falte" acompañando actos cotidianos compartidos como ir juntas a comprar a Ca' La Sabina o hacer conservas de tomate en la cocina del patio.

Ana María Matute (Barcelona, 1926) encarnaba, para mí, la imagen de la típica abuela creadora y narradora de historias para entretener los ratos de aburrimiento de los nietos sentados a su alrededor en la alfombra. Sin embargo, un simple vistazo a su biografía basta para comprender que pocos cuentos le debieron contar a ella y menos aún debieron salir de sus labios a la hora de acostar al hijo que las leyes franquistas le impidieron ver cuando decidió divorciarse de su marido, y que precisamente su obra responde a la necesidad de expresar esa pérdida: la de la infancia, propia y ajena. 

Así que cuando la escritora falleció el pasado verano, me decidí a sumergirme en profundidad en su obra, ya que aunque varios de sus cuentos infantiles me acompañaron en mis primeras lecturas, de sus novelas dirigidas al público adulto solo había leído el primer volumen de la trilogía 'Los Mercaderes' (Primera Memoria. Destino. 2010).

El caso es que con una primera frase tan contundente como "Nací cuando mis padres ya no se querían", tenía claro que la novela en la que me iba a embarcar era Paraíso inhabitado (Destino. 2008).

Aunque el contexto histórico tiene escasa importancia, la que fuera la última novela publicada en vida de su autora transcurre en Madrid en los años previos a la Guerra Civil y narra la historia de Adriana, una niña enfermiza que utiliza su imaginación para refugiarse del desgarro que supone adentrarse en el mundo de los adultos: la separación de sus padres, el desdén de su hermana mayor, las injusticias cometidas en el ámbito escolar, las ausencias que se convertirán en permanentes... Crea entonces un mundo propio, poblado por seres mágicos y amigos más o menos imaginarios, que alcanza su momento de máximo esplendor al caer la noche. Es este universo mágico el que, en palabras de una Adriana ya anciana, le proporcionó durante su infancia la "tenue felicidad que me salvó de cosas como saber que nunca fui deseada, de haber nacido a destiempo en una familia que había perdido ya la ilusión y la práctica del amor".

Con numerosos elementos auto-biográficos, Paraíso inhabitado es un entrañable homenaje a la infancia. Sorprende, quizá ahí resida el talento de esta escritora, que una persona tan anciana como Ana María Matute sea capaz de transmitir con tal nitidez la inocencia, la capacidad de asombro y el entusiasmo propios de la niñez. 

Del mismo modo que la protagonista distingue entre la zona noble y aquella parte de la casa con el parquet sin encerar (cocina, cuarto de la plancha, alcoba de las tatas, dormitorio de la propia Adriana) a la hora de establecer sus dominios, también se aprecia una diferencia entre lo que podríamos llamar los "gigantes" puros, es decir, aquellos adultos que ignoran, no participan o dificultan los juegos de los niños (la madre de Adriana o las monjas del colegio) y aquellos que colaboran e incluso encubren las correrías infantiles, como la Tata María, la cocinera Isabel, la tia Eduarda y Teo.

Los dos protagonistas infantiles, Adriana y Gavrila, resultan tremendamente tiernos por la verdad que transmiten sus actos y sus palabras, sin caer en cursilerías. Sin embargo, en mi opinión la autora ha desaprovechado el potencial de algunos de los personajes adultos, como es el caso de la tía Eduarda, a quien me hubiera encantado que hubiera dado más peso en la historia, quizá llevándose a Adriana a sus "ruinas" para recuperarse de alguna de sus crisis y poder conocer así más detalles de su historia y personalidad.

Como diría el autor de El Principito, Antoine de Saint Exupéry, "todas las personas mayores fueron al principio niños (aunque pocas lo recuerden)". Porque Ana María Matute fue sin duda uno de ésos privilegiados y porque es una verdadera delicia leerla, roza el notable esta novela en la que, más que lo que nos cuenta, lo importante es cómo nos lo cuenta.

miércoles, 1 de octubre de 2014

La maestra republicana

 
"La vida es una inversión a largo plazo"

Lo último con lo que uno espera encontrarse cuando tiene entre las manos un libro titulado La maestra republicana (Suma de letras. 2013), o al menos lo último con lo que yo esperaba encontrarme, es con una trama de corrupción inmobiliaria en la Comunidad Valenciana en el año 2007. Quiero decir, que bastante circo mediático soportamos ya a diario como para que el ratito de evasión que me proporciona la lectura sea más de lo mismo. Sinceramente, al que le guste leer historias pegadas a la más rabiosa actualidad tiene una gran oferta entre la que escoger, pero yo prefiero perderme por otros derroteros.

El caso es que la segunda novela de Elena Moya (Tarragona. 1970) se centra en la decidida lucha de la anciana Valli para impedir las corruptelas de Vicent, alcalde de Morella, que pretende sacar tajada de la venta de la antigua escuela del pueblo a Charles, un profesor de literatura de Eton cuya intención es convertirla en la sede veraniega del exclusivo college británico. 

Entremedias una simplona historia de amor y pinceladas del pasado de Valli, quien recién obtenido el título de maestra y sin tiempo apenas de ejercer su vocación ve cómo estalla la Guerra Civil y cómo el posterior régimen sepulta todos aquellos valores en los que se insipiraba la II República.

Así, la joven Valli se ve obligada a pasar prácticamente del paraíso intelectual que era la  Residencia de Señoritas, versión femenina de la mítica Residencia de Estudiantes, a la supervivencia más hostil como miembro de la guerrilla antifranquista en la zona del Maestrazgo castellonés.

Por las páginas de La maestra republicana desfilan personajes como Victoria Kent, Federico García Lorca, María Zambrano, Luis Buñuel, María de Maeztu o Salvador Dalí, pero tan transversalmente, tan de pasada, que lo único que consigue el libro es dejarte con las ganas de profundizar más en un periodo apasionante de nuestra historia reciente. O si preferimos ver el vaso medio lleno, despertar nuestra curiosidad para ahondar por nuestra cuenta en la etapa en que más avances sociales se produjeron en España.

En resumen, una decepcionante historia que nada tiene que ver con las misiones pedagógicas y con la renovación pedagógica que propugnaba la II República (y que parecía estar detrás del título de esta novela), y que peca de ser excesivamente localista sobre todo en lo que respecta a la trama que ocurre en el presente, por lo que no me queda más remedio que suspenderla.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Réquiem habanero por Fidel


(...) Vamos a ver, ¿cuántas veces mataron ya a Fidel falsamente,
por teléfono, cuántos cánceres, cuántos disparos y cuánta metralla
le metieron en el cuerpo en estos cincuenta años? 
Y ahí está el Hombre, enterito, vivo y verdadero, en carne y hueso, 
viejo pero vivo. Resistiendo.
A ver cómo lo explico una vez más: aquí resistir es vencer.
Y eso es lo que estamos haciendo desde hace más de medio siglo...

¡Qué maravilloso ejercicio de valentía literaria el que ha llevado a cabo J.J. Armas Marcelo (Las Palmas de Gran Canaria, 1946) en su última novela!

Y eso que la delgada línea que separa la valentía de la osadía y el atrevimiento podría haber hecho que el escritor canario se despeñara por el barranco de la bufonada y el esperpento, y sin embargo detrás de cada línea de Réquiem habanero por Fidel (Alfaguara. 2014) se aprecia una gran dosis de admiración por Cuba y una dosis aún mayor de información sobre lo que ocurre en la antigua colonia española en el Caribe.

Pero vayamos con el argumento: Walter Cepeda, coronel jubilado de la Seguridad del Estado Cubano, recibe una llamada de su hija, exiliada en España, informándole de que los informativos españoles dan como noticia de última hora la muerte de Fidel Castro. A pesar de estar convencido de que no se trata más que de un nuevo intento por parte del exilio cubano en Miami de desestabilizar al Régimen y provocar la confusión entre la población, la llamada de su hija desata la cascada de recuerdos y reflexiones de quien ha vivido los principales episodios de la Historia reciente de Cuba en primera persona. Y es a través de este monólogo interior como entendemos cómo el que fuera los ojos y los oídos del propio Raúl Castro ha perdido la fe en la Revolución Cubana a pesar de mantenerse leal al Régimen.

Plagado de giros coloquiales y de expresiones puramente habaneras, algo que a priori podría haber constituido un obstáculo para el lector a la hora de meterse en la novela y que, como he dicho más arriba, tenía un enorme riesgo de convertirse en una caricatura grotesca del habla cubana, la lectura de Réquiem habanero por Fidel es una auténtica delicia para todos los enamorados de la isla o para los mínimamente interesados en lo que ha ocurrido en Cuba durante el último medio siglo, ya que por sus más de trescientas páginas van desfilando personajes reales como el ex Presidente Fidel Castro, su hermano Raúl, el comandante Che Guevara, el otrora héroe de la Revolución y finalmente fusilado por traidor Arnaldo Ochoa, el poeta disidente Herberto Padilla, los escritores Norberto Fuentes o Manuel Vázquez Montalban. Hasta el propio Armas Marcelo hace un cameo en la novela al más puro estilo de las películas de Hitchcock!

Sin embargo, y a pesar de lo muchísimo que me ha gustado, no recomendaría este libro al común de los lectores, ya que creo que ese estilo narrativo a la manera del habla habanera supone un handicap para los lectores no iniciados, y sobre todo porque mucho me temo que, quizá, la gran mayoría no entienda que aunque su autor sea crítico con el Régimen (ha llegado ha declarar que no volverá a poner un pie en suelo cubano hasta el entierro de Fidel Castro) la novela esté escrita desde el más profundo cariño por un escritor que confiesa que Cuba lo tiene enganchado.

Sobresaliente, por tanto, para esta novela que cierra la trilogía que J.J. Armas Marcelo le dedica a la ciudad y las gentes de La Habana, cuya existencia desconocía pero cuyo primer volúmen, 'Así en la Habana como en el cielo' (Debolsillo. 2007), se encuentra ya en mi lista de próximas adquisiciones.

miércoles, 27 de agosto de 2014

El hombre que arreglaba las bicicletas



¿Se puede hibernar del amor?
¿Se puede bajar el ritmo cardíaco, ralentizar el metabolismo, 
la respiración y la temperatura corporal y ser insensible al amor 
que nos espera allí afuera de nuestro refugio?

El 2014 estaba resultando un gran año para mí, literariamente hablando. Estaba yo tan contenta de estar eligiendo tan bien mis lecturas este año que solo me faltaba darme palmaditas a mí misma en la espalda. Hasta que cayó en mis manos El hombre que arreglaba las bicicletas (Suma de letras. 2014) y vi que se trataba de una novela que había dado el salto al papel tras su gran éxito en Amazon, situándose entre las 100 novelas más vendidas en su primer día de lanzamiento y en el Top 10 en su primera semana. Así que, guiada por mi buena estrella literaria, decidí darle una oportunidad convencida, vaya usted a saber por qué, de que me encontraba ante un libro de misterio.

La primera novela de Ángel Gil-Cheza (Villareal. 1974) arranca con la muerte de Artur Font, cuyo testamento, para sorpresa de su viuda y su hija, no puede ser leído hasta que su abogado no cumpla con la última voluntad del fallecido, que no es otra que localizar a Enda Berger, a quien le corresponde una parte de las propiedades del finado.

¿Quién demonios es Enda Berger? ¿Es hombre o mujer? ¿Es joven o mayor? ¿Qué relación tenía con Artur Font? El comienzo de la historia me resultó desconcertante, prometedor y tremendamente atractivo. Sin embargo, toda la intriga, el interés y el atractivo del argumento se vinieron abajo antes de llegar a la página 50.

A pesar de tratarse de una novelita que podría leerse perfectamente casi de una sentada (dos días como mucho), a mí me costó casi una semana acabar con sus doscientas y pico páginas: Aunque escrita con un ritmo bastante agil, el autor no ha sabido mantener el interés creado en las primeras páginas, la historia no aporta nada y es imposible conectar con los personajes porque están trazados de una manera tan superficial que no llegan al lector. 

No quiero profundizar más en la trama por si a pesar de todo alguien tiene pensado leerselo, pero la verdad es que me he sentido un poco "estafada" con este libro y con esa moda que parece dominar el panorama editorial en la actualidad y según la cual un final más o menos sorprendente puede justificar cualquier historia. No señores. Un buen libro es aquel que tiene un planteamiento atractivo, un nudo bien desarrollado y un desenlace contundente. El inesperado giro final, por sí mismo, no es más que un buen postre dentro de un menú escaso y mal ejecutado. Y en mi opinión, en el caso de la novela que nos ocupa, ese final ni siquiera tiene la fuerza suficiente para sostener los cerca de cuarenta capítulos de los que se compone el libro.

Por todo ello, y a pesar de que el comienzo es uno de los mejores comienzos que he leído en mucho tiempo, de esos que te desconciertan y aumentan tus ganas de seguir leyendo para descubrir a dónde quiere llevarte el autor, no tengo más remedio que suspender a El hombre que arreglaba las bicicletas.

miércoles, 18 de junio de 2014

Herejes



 HEREJE.- 1. Persona que niega alguno de los dogmas
 establecidos por una religión.|| 2. Persona que disiente 
o se aparta de la línea oficial de opinión seguida por 
una institución, una organización, una academia, etc.  
Cuba. Dicho de una situación: [Estar hereje] Estar muy dificil, 
especialmente en el aspecto político o económico.
 
Mi otra gran pasión, al margen de la lectura, es viajar. Con un buen libro en la maleta podría pasarme la vida viajando, pero el Euromillones no quiere tocar y, aunque trato de ser amable con todos los viejecitos del barrio, me temo que ningún anciano multimillonario me legara su inmensa fortuna cuando pase al otro barrio, así que, sin otros ingresos, cada vez está más lejano el día en el que pueda cumplir mi sueño de recorrer el mundo sin preocuparme por la fecha de regreso o el dinero que me queda en la cartera.

El caso es que cada vez que he salido fuera de nuestras fronteras me ha ocurrido que las capitales y/o principales ciudades extranjeras me han decepcionado o directamente no me han gustado y sí lo han hecho ciudades menos importantes o que aqui llamaríamos de provincias. La única capital con la que he tenido un flechazo, que aún perdura, es La Habana. Me enamoró la belleza decadente de sus calles, la resignada alegría de sus gentes, el orgulloso pasado de sus edificios... Y fue en ese viaje en el que me aficioné al ron y a la literatura cubana.

Así, cuando me acerqué al libro que da título a esta entrada, su autor no era un desconocido para mí. Ya sabeis que suelo confiar en autores cuyas obras previas me han gustado, y la anterior novela de Leonardo Padura (La Habana, 1955), "El hombre que amaba a los perros" (Tusquets. 2011), es una novela sobresaliente sobre el que fuera el asesino del líder comunista León Trotski, Ramón Mercader, que transcurre en la década de los años 30 del siglo XX entre España, Rusia y México, y que me atrapó durante el verano de 2011.

Como los Reyes Magos todo lo ven y todo lo saben, sus reales majestades de Oriente tuvieron la generosidad de obsequiarme estas pasadas navidades con su serie de novelas policiacas protagonizada por el detective Mario Conde, y yo, que soy mucho de empezar la casa por el tejado, decidí comenzar por el último libro de la saga, ya que se pueden leer de manera independiente.

Herejes (Tusquets. 2013) es en realidad un puzzle compuesto por tres historias perfectamente delimitadas en la novela:

- El libro de Daniel, tiene como punto de partida el 27 de mayo de 1939, cuando llega al puerto de La Habana el S.S. Saint Louis, un barco en el que viajaba casi un millar de judíos que había conseguido escapar de Alemania. Entre los pasajeros se encuentran el matrimonio Kaminsky y su hija pequeña, quienes confían en poder entregar a las autoridades de la isla un pequeño lienzo de Rembrand a cambio de poder "comprar" una nueva vida en Cuba. En el muelle, y conocedores de la valiosa baza con los que cuentan los Kaminsky, esperan el reencuentro el hijo mayor del matrimonio, Daniel, y su tío. Sin embargo, finalmente el desembarco de los refugiados no es autorizado y Daniel no vuelve a ver ni a saber de sus padres jamás. En 2007, y ante la noticia de que el cuadro de Rembrand va a ser subastado por una conocida casa de subastas, el hijo de Daniel llega a La Habana para pedirle al detective Mario Conde que investigue qué ocurrió con el cuadro y con su familia.

- El libro de Elias, retrocede hasta el Ámsterdam de mediados del siglo XVII, donde un joven judio está decidido a rebelarse contra las prohibiciones de su religión y entrar a formar parte del taller de Rembrandt, no sólo como aprendiz del más prestigioso pintor flamenco, sino también como modelo para una de sus obras: Los peregrinos de Emaús.

- El libro de Judith, regresa a La Habana del presente en la que el detective Mario Conde se ve involucrado en la investigación de la desaparición de una joven integrante de una de las variopintas tribus urbanas de la capital cubana.

Una vez expuesto todo lo relativo a su argumento, debo decir que, lamentablemente, esta novela me ha decepcionado. Cuando leo un libro escrito por un autor cubano espero que su evocadora narración me lleve a pasear de nuevo por las calles habaneras, y en este sentido, sólo la primera parte de Herejes, tanto la historia que transcurre en el presente como la que retrocede hasta la Cuba pre-revolucionaria, cumple dicho cometido. La segunda parte me ha aburrido tremendamente, no sé si quizá por haber leído muy recientemente 'Dispara yo ya estoy muerto' de Julia Navarro, pero la verdad es que estaba un poco saturada de historias sobre judios y se me ha hecho muy densa. Y la última parte, en la que pensaba que la novela se reconduciría, directamente no la he entendido: No he entendido qué necesidad tenía el autor de añadir una subtrama paralela y meterse en berenjenales de tribus urbanas que no aportan nada a la historia principal, en lugar de centrarse en la resolución de la trama de la búsqueda del cuadro.

Por todo esto, y a pesar de que el planteamiento de la historia me tuvo completamente enganchada durante las casi 200 páginas que conforman el libro de Daniel, Herejes no pasa del aprobado.

lunes, 17 de marzo de 2014

Misión Olvido

  
A veces la vida se nos cae a los pies con el peso y el frío de una bola de plomo...
 
Así empieza la novela que da título a este post y eso es justo lo que me ha resultado su lectura: un auténtico plomo. Es más: Porque tengo por principio no dejar ningún libro sin terminar, pero hacía mucho que no tenía que obligarme tanto a seguir con una historia que me interesara menos que la de la novela que nos ocupa.

Nada sabía del argumento de Misión olvido (Temas de hoy. 2012) cuando la incluí en mi carta a SS.MM. los reyes magos de Oriente del año pasado. Me bastaba (o eso creía) con la garantía de que se trataba de la segunda novela de María Dueñas (Ciudad Real, 1964), cuyo debut literario me había enganchado de principio a fin. Pero nada que ver. De hecho ambas novelas son tan diferentes, no solo en su temática sino en cómo están escritas, que parece que no pertenezcan a la misma autora.

Si "El tiempo entre costuras" (Temas de hoy. 2009) es una apasionante novela sobre una modistilla metida a espía que transcurre en los años de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial entre Madrid, Tánger y Lisboa, narrada con una prosa evocadora y con un ritmo trepidante, Misión olvido es una novela insustancial que cuenta la historia de Blanca, una profesora universitaria que emprende una huída hacia adelante en el momento en que su vida se derrumba y que para tratar de superar la ruptura de su matrimonio pone tierra de por medio rumbo a California con la excusa de indagar en el legado cultural de un viejo profesor de literatura.

Así de triste y así de simple. Es decir, por mucho que su autora lo haya intentado a lo largo de sus más de 500 páginas, Misión olvido carece de una historia que contar y las diferentes tramas que conforman su argumento (la relación de Blanca con Daniel, un profesor de la universidad de acogida; la investigación sobre las misiones franciscanas en la Alta California Española y el movimiento social contrario a la destrucción de un paraje natural para la construcción de un centro comercial (¿?)) no solo carecen del más mínimo interés sino que parecen pegotes añadidos sin sentido, ideas que se le han ido ocurriendo para tratar de salvar la novela pero que no han acabado de cuajar, de fundirse con el fondo de la novela.

Con el pasar de las páginas he llegado a pensar que se trata de un libro escrito únicamente para cumplir con un contrato editorial (todos sabemos que después de convertirse en un fenómeno de ventas las editoriales presionan a los autores para que esriban lo más pronto posible nuevos títulos que publicar al albor del éxito conseguido), porque parece escrita con prisas, sin profundizar en ninguna de las ideas que va planteando.

Puedo asumir que el adjetivo "decepcionante" con el que califico este libro sea una sensación subjetiva fruto de que mis expectativas fueran excesivamente altas después de deleitarme con su primera novela, pero que verdaderamente Misión olvido es una novela plana y aburrida que no engancha en ningún momento es una verdad como un templo y que podrán corroborar los lectores que se acerquen a ella sin haber leído la anterior.

Por todo ello, no es que suspenda, es que puntúo con un Muy Deficiente a una novela de la que sólo destacaría al personaje de Daniel, cuya historia es la única que me dejaba con ganas de saber más, y en cuyos pasajes la autora se acerca (un poco) a la brillantez y luminosidad de 'El tiempo entre costuras'. Todo lo demás, prescindible y "olvidable".